28 enero, 2022

Aún hoy

El otro día me encuentro con un conocido al que hace tiempo que no veo. Empezamos la típica conversación para ponernos al día. Él me cuenta sobre su trabajo como médico en estos tiempos extraños y yo sobre mis proyectos.

El ambiente es tranquilo mientras nos limitamos a lo profesional. Fácil, superficial, distendido.

Decido dar un paso más allá y con ilusión, le comento sobre este voluntariado.

 

– ¿Por qué ese voluntariado? – me pregunta sorprendido

– Es un tema que me toca muy de cerca – le contesto tranquila – Durante mi adolescencia sufrí anorexia nerviosa.

– Ah, no sabía nada…

– ¿No? Hace mucho tiempo que hablo abiertamente del tema.

– Has adelgazado, ¿no? – Alucino y me empiezo a cabrear. Hace más de diez años que nos conocemos y nunca antes ha hecho comentario alguno sobre mi físico.

– No lo sé – respondo muy seca – Hace mucho tiempo que no me peso. Me encuentro a gusto con mi cuerpo. Fuerte y sana.

Agacha la cabeza. La energía es ahora muy densa. Tras unos segundos, vuelve a la carga. Se incorpora un poco y con la condescendencia del todopoderoso sentencia:

– Bueno, al final, los trastornos de la conducta alimentaria no se curan. Es algo que arrastrarás toda la vida.

Toma ya.  Echo de menos un Amén.

– ¡¿Cómo?! ¡Eso es puro estigma! Inquietante y fruto de una profunda ignorancia sobre el tema.

 

Silencio sepulcral.

Por unos segundos espero una rectificación. Un ápice de empatía y de humildad.

Nada.

Y yo no quiero seguir. Pienso si me lo hubiese dicho hace 20 años. A mí o a mis padres y siento mucha rabia.

Vienen otros amigos y la tensión se diluye. No mi malestar ni mi preocupación. Me alejo.

 

No es nada nuevo que la gente mire mi cuerpo cuando les cuento mi experiencia.  Tampoco el sentir en sus ojos ese pobrecita condescendiente.

Estoy acostumbrada a los juicios y los prejuicios. A la ignorancia y a la falta de empatía del que sentencia esos para toda la vida y se queda tan ancho.

Pero es que esta vez viene de alguien que cada día atiende a personas que lo ven como una autoridad y le confían su vulnerabilidad.

 

Siento rabia e impotencia.

Necesito pensar que la falta de empatía que mostró conmigo es una excepción. Que él es una excepción dentro de la profesión.

 

Y quiero gritar muy fuerte que SÍ que nos curamos. Que SÍ que te puedes curar. Que no tiene porqué ser para toda la vida. Y que no estás sol@

 

 

Sara