VOLVER A VIVIR
Durante muchos años creí que mi vida giraba alrededor del control, la eficiencia, la responsabilidad, el compromiso.
La enfermedad me enseñó a mirar el mundo desde esa rigidez, creyendo que ahí estaba mi valor.
Pero un día, algo en mí empezó a despertar.
Descubrí que cuando se apagan los ruidos de la mente —esas voces que giran como moscas incansables—,
las células mismas del cuerpo buscan el camino de regreso a la vida.
Y entonces aparece la risa, el disfrute, la calma.
El día deja de ser una lista que cumplir y se convierte en una experiencia que vivir.
No hay tiempo que controlar, ni comida que temer, ni perfección que alcanzar.
Solo el fluir de la vida, con sus amaneceres, sus pausas, sus encuentros.
Comprendí que la enfermedad mostró solo una parte de mí,
pero que hay otra parte —más verdadera, más mía—
hecha de libertad, de goce, de gratitud, de ternura hacia lo que soy.
Y cuando me conecto con eso, la energía renace.
La vitalidad se siente.
Las personas a mi alrededor lo perciben.
Porque vivir sin la enfermedad sí es posible.
No solo posible: es hermoso.
Hoy elijo ese camino, el que me lleva hacia la libertad,
hacia la vida que vine a vivir.
Una vida en la que los pensamientos ya no mandan,
sino acompañan.
Una vida donde las fiestas se viven como lo que son:
momentos de alegría, no de lucha.
Hoy elijo vivir.
Vivir sin miedo, sin control, sin culpa.
Vivir de verdad.
Katia Benko.
