LA VIDA ANTES Y DESPUÉS DEL MONSTRUO
En unos días, el 3 de marzo, hará exactamente diez años desde que me ingresaron por el trastorno de la conducta alimentaria. En aquella época vivía encerrada dentro de un cuerpo que no era mío. Vivir en la anorexia era como tener un monstruo en el cerebro que hablaba con mi voz. Me decía qué podía comer, cómo iba a moverme, qué valía y qué no. Todo pasaba por su filtro: el hambre, el miedo, la mirada de los demás.
La vida con la anorexia no es vida, es una rutina de órdenes y castigos, un círculo que se cierra sobre ti y no te deja respirar. Te convence de que te estás haciendo más fuerte cuando en realidad te estás matando. Todo se reduce a números, espejos, a una autoexigencia que no tiene final. Recuerdo mirarme las manos, los huesos, la piel y sentirme orgullosa de lo que ahora sé que era destrucción. Y recuerdo la soledad, la sensación de que nadie podía entender qué ocurría dentro de mi cabeza. Ni siquiera yo lo entendía. Sólo sabía que necesitaba seguir escuchando aquella voz, aunque me doliera.
Recuperarme no fue rápido. No hubo un día concreto en el que decidiera vivir. Fue un proceso lento, lleno de recaídas y silencios. Aprendí que el monstruo no se marchaba de un día para otro. Ahora, cuando pienso en esa época, no lo hago con odio. Lo hago con una especie de ternura extraña, como quien mira una versión antigua de sí misma. El monstruo está ahí, a veces murmura, pero ya no tiene el poder que tenía. Ahora mi voz es más fuerte, más mía.
He aprendido a vivir con calma, a comer sin culpa, a amar mi cuerpo no por cómo se ve, sino por todo lo que me permite hacer. He descubierto que la libertad no es controlarlo todo, sino dejar de intentarlo.
La vida después del monstruo tiene una luz distinta. No es perfecta, pero es mía. Y cada día que me despierto y elijo vivir, comer, reír o descansar, sé que he ganado la batalla. Porque miré al monstruo a los ojos y, con el tiempo, aprendí a vivir más allá de él.
El monstruo todavía vive en mí, pero pequeño, dormido. Me ha enseñado cosas que quizá no hubiera aprendido de otra forma.
Ahora sé qué significa cuidarme, amarme y, sobre todo, vivir de verdad.
Elisa Gautier
