LA VIDA DETRÁS DEL VELO

Hay un momento —no siempre claro, no siempre suave— en el que algo se corre.
No es que la vida cambie de golpe, es que dejamos de mirarla desde la jaula.
Las máscaras no siempre son visibles.
A veces se parecen a control, a exigencia, a hábitos que prometen alivio y entregan encierro.
A veces se disfrazan de “esto me calma”, de “solo así puedo”, de “no hay otra forma”.
Y sin darnos cuenta, la vida se vuelve estrecha.
La enfermedad no siempre grita.
Muchas veces susurra, se integra, se normaliza.
Nos va quitando lo simple:
comer sin miedo, descansar sin culpa, respirar sin negociar con la cabeza.
Nos roba la presencia y la reemplaza por vigilancia.
Pero hay momentos —frágiles y poderosos— en los que algo despierta.
Un instante frente al mar.
Una comida al lado sin lucha.
Un silencio que no pide nada.
Y ahí duele.
Duele porque vemos todo lo que estaba cubierto.
Duele porque aparece la paz, y la paz también confronta.
Nos muestra lo que la enfermedad nos había prometido y nunca dio.
Es importante decirlo con claridad:
tener momentos difíciles no es volver a la enfermedad.
Sentir angustia no es fracasar.
Tomar consciencia no es recaer.
Al contrario:
ver el mecanismo, reconocer el encierro, elegir distinto —aunque cueste—
eso es curarse.
Curarse no es no sentir.
Curarse no es hacerlo perfecto.
Curarse es sacar el candado una y otra vez, aun sabiendo que a veces pesa.
Es elegir el otro camino incluso cuando la vieja ruta parece más conocida.
La enfermedad quiere convencernos de que somos ella.
La verdad es otra:
ella está en nuestra vida, pero no es nuestra vida.
Detrás de las máscaras hay algo intacto.
Un deseo simple de estar.
De habitar el cuerpo.
De vivir sin guerra.
Y cada vez que elegimos presencia en lugar de automatismo,
cada vez que priorizamos la vida por sobre el miedo,
algo se repara.
No de golpe.
No para siempre.
Pero de verdad.
Si estás leyendo esto y estás en medio del proceso,
no te apures, no te castigues.
No confundas dificultad con retroceso.
Respirar, comer, descansar, mirar el mar, sentarte con vos misma:
eso no es poco.
Eso es volver a casa.
Katia Benko.