REFLEJO, YA NO HABLAS POR MÍ
Te miro, espejo, y no puedo evitar recordar cómo antes te temía.
Cómo cada mañana te convertías en juez y verdugo, cómo buscaba en tu superficie una verdad que nunca llegaba. Me inclinaba hacia ti esperando compasión, pero solo encontraba exigencias: “menos”, “todavía menos”, “no eres suficiente”. Y yo, tan frágil y tan obediente, te creía. Dejé que tus líneas marcaran mi valor, dejé que tu silencio se convirtiera en ruido dentro de mi cabeza. Me dijiste que desaparecer me haría sentir mejor, y durante un tiempo pensé que era cierto.
Pero aquí estoy hoy, frente a ti de nuevo, y algo ha cambiado. Siento que ya no hablo con un enemigo, ni con un dios, ni con ese eco cruel que me decía que mi cuerpo era un problema que resolver. Ahora cuando te miro, veo algo que entonces me parecía imposible: vida. Movimiento. Imperfecciones que ya no me hieren. Fuerza que vuelve a crecer donde antes solo había miedo.
No te culpo. No te odio. Solo ya no te dejo mandarme.
Hoy te miro sin agachar los ojos, sin pedirte aprobación, sin preguntarte qué debería cambiar para ser aceptable. Te miro como quien reconoce un lugar donde alguna vez estuvo perdida, y que ahora observa desde lejos, con una distancia que sabe a libertad.
Sigo aquí, reflejo. Pero ahora hablo yo.
Y mi voz —esta que recuperé poco a poco, plato a plato, paso a paso— pesa mucho más que tus antiguas sombras.
No necesito que me digas quién soy.
No necesito encajar en tu cristal.
Porque aprendí que lo que valgo no cabe en un marco.
Y que tú, espejo, solo devuelves una imagen.
Pero yo, por fin, me devuelvo una vida.
Núria García.
