PALMERA DE CHOCOLATE
Hace unos días, una amiga se presentó en casa con una palmera de chocolate. Estaba un poco desanimada, y quiso darme una sorpresa con ese pequeño gesto lleno de amor. Me la comí disfrutando cada mordisco. Feliz. Y no pude evitar sonreír y dar las gracias a mi niña interior por haber luchado durante años, ya que gracias a ella era posible ese momento de felicidad que estaba viviendo.
Las palmeras de chocolate siempre han sido mi debilidad. Recuerdo de niña cuando mi padre iba a la pastelería a por algo para desayunar y nos las traía. ¡Cómo las disfrutaba! Se convertía en el mejor momento del día.
Pero con el TCA el disfrute de esos pequeños momentos desaparecieron. Ya no hubo más desayunos con palmeras de chocolate. No las quería ver ni en pintura. Pasaron de ser mi mayor deseo a ser mi mayor pesadilla. Durante años, no pude volver a probarlas. Me aterraban. Hasta que comencé la terapia con mi psicóloga.
Casualidades de la vida, para llegar a su consulta tenía que pasar por una pastelería que siempre tenía en su escaparate unas palmeras que se veían deliciosas. Y empezaron a resurgir en mí los recuerdos de esos desayunos en familia donde los dulces eran risas, amor, cariño. Los empecé a extrañar. Quería volver a sentir esas emociones. Así que me propuse que cuando fuese a consulta, iría un poco antes para poder pasarme por la pastelería y comprarme una palmera para merendar.
Al principio fue duro. Llegaba a consulta llorando. No me la terminaba. La tiraba. Pero poco a poco pude ir dando pasos hacia delante hasta que llegó el día en que me la comía sin miedo, sin culpa, disfrutando de su sabor. Y un fin de semana, de repente, pude volver a disfrutar de nuevo de un desayuno en familia.
Todos estos recuerdos vinieron a mi después de comerme la palmera que me había traído mi amiga. Y me sentí muy orgullosa del camino recorrido. Poder aceptar el regalo, no tenerle miedo, disfrutar de la comida sin miedo a que las voces de la enfermedad me llenen la cabeza de pensamientos negativos y me infundan miedo a algo tan inofensivo como un dulce.
Gracias, Leire, por haber luchado por recuperar tu vida y tu felicidad, por no haberte rendido nunca a pesar de los obstáculos que se interpusieron en tu camino. Porque gracias a tu lucha, hoy puedo volver a disfrutar sin miedo de algo tan simple como comerme una palmera de chocolate.
Leire Martín Curto
