17 agosto, 2026

DEL OTRO LADO DEL CAMINO

Durante un tiempo sentí que no lograba acercarme a una persona que amo. Cada encuentro me dejaba angustiada y, casi de manera automática, empecé a preguntarme si el problema estaba nuevamente en mí.

Aunque me sentía bien, fuerte y más segura, reaparecieron las dudas. Pensé que quizá la anorexia volvía a interponerse en mis vínculos. Porque la enfermedad no solo deja marcas en el cuerpo: también deja imágenes, etiquetas, inseguridades y miedos. Nos acostumbra a desconfiar de lo que sentimos y a interpretar muchas situaciones desde un lugar conocido: “Seguramente soy yo. Seguramente es la enfermedad”.

Pero una conversación con mi hermana me permitió comprender algo: no todo lo que sucede a mi alrededor tiene que ver conmigo ni con mi historia. A veces, el otro también está atravesando sus propios procesos, con sus dificultades, sus silencios y sus maneras de protegerse.

Por primera vez pude salir de la etiqueta y reconocerme sana frente a una situación que no dependía de mí.

Fue una sensación hermosa y, al mismo tiempo, dolorosa. Comprendí que esa persona que amo no estaba bien y que yo no podía llegar hasta ella como deseaba. Entonces apareció una imagen muy clara: la de estar frente a un espejo.

Pude sentir la impotencia que tantas veces deben de haber experimentado quienes me amaban cuando yo estaba demasiado inmersa en la enfermedad para hablar, escuchar o aceptar la ayuda que me ofrecían. Entendí lo difícil que es permanecer cerca de alguien que se encierra, que no puede expresar lo que le sucede o que todavía no está preparado para recibir una mano.

Pero aquel espejo también me mostró algo nuevo: esta vez era yo quien podía extenderla.

La enfermedad puede hacernos creer que siempre seremos quienes necesitan ayuda, quienes ocupan el lugar de la fragilidad o quienes deben ser cuidadas. Incluso puede darnos miedo reconocernos sanas, fuertes y capaces de acompañar a otra persona.

Sé que mi historia forma parte de mí y que tendré que continuar trabajando y cuidándome. Pero ya no necesito mirarme únicamente a través de ella. No soy solo la imagen que la enfermedad construyó de mí. También soy alguien que puede escuchar, comprender, sostener y ofrecer ayuda.

Quizá sanar también sea apropiarnos nuevamente de nuestros pensamientos, de nuestro cuerpo y de nuestra manera de estar en el mundo. Dejar de interpretar cada dificultad desde la culpa y permitirnos reconocer que hemos avanzado.

No siempre somos nosotras quienes recibimos la mano.

A veces somos quienes podemos extenderla.

Y descubrirnos del otro lado del camino también forma parte de sanar.

Katia Benko