QUIÉN HUBIERA SIDO SIN ELLA

La enfermedad llegó en una de las peores etapas: la adolescencia. Considero que es uno de los momentos más vulnerables porque es una etapa de construcción, una etapa en la que decides cómo serás, cuál será tu personalidad, desde qué ojos mirarás al mundo. El TCA, en mi caso, no llegó a una identidad ya formada, sino que aprovechó el momento en que se estaba formando para mezclarse con ella y hacer que posteriormente fuera muy difícil separar personalidad de enfermedad. Siempre he escuchado que yo tuve anorexia porque era una persona muy autoexigente, pero años más tarde me planteo la idea de si esa autoexigencia apareció de la mano de la enfermedad. Quizás, si no hubiera tenido el TCA, no tendría la personalidad perfeccionista, o quizás, si no hubiera tenido esa personalidad, no habría desarrollado el TCA. Ojalá saber la respuesta a esta ambivalencia.

Esta pregunta me surge porque no soy capaz de recordar del todo quién era antes de empezar a enfermar. Dentro de mí tengo la duda de cómo sería ahora si no hubiera tenido que pasar por ese infierno. Creo que durante años he confundido síntomas con rasgos de personalidad, he dejado que toda la sintomatología del TCA formara a la persona que era. Como si ese primer episodio del 2015, cuando apareció el diagnóstico, hubiera servido para definirme completamente. Porque el TCA no se instaló en una casa que ya estaba terminada; era una casa en construcción y él ayudó a construir muchas de las habitaciones en las que todavía me toca vivir hoy en día. Porque, mientras el resto de adolescentes de mi alrededor estaban construyendo recuerdos, amistades y primeras versiones de sí mismas, yo construía normas, miedos y rituales. Mientras todo el mundo descubría quién quería ser, yo aprendía a desaparecer sin que se notara. A convertir el silencio en una forma de supervivencia.

Algunas veces, cuando mis amigas recuerdan momentos de la adolescencia, yo no aparezco. Y cuando me pregunto dónde estaría mientras aquellos recuerdos se construían, casi siempre aparece la misma respuesta: ingresada. En hospitales, en consultas, en habitaciones donde el tiempo parecía detenerse mientras la vida de los demás seguía avanzando. Y creo que esto es una de las cosas que más daño hace de la enfermedad: sentir que ocupó espacios que deberían haber servido para crecer libremente. Que no pudiste llegar a ser quien debería haber sido.

La idea de que jamás podré conocer mi versión sin enfermedad me genera una gran tristeza. Porque no pude formar a la persona que habría estado lejos de ella. Pero creo que un punto muy importante de la recuperación, una vez eres una persona adulta, consiste en descubrirte por primera vez y en luchar contra las secuelas de esta supuesta personalidad. Construir una identidad propia mientras intentas desaprender todo lo que el trastorno te enseñó sobre ti misma.

Hay ciertos mecanismos de actuación de la enfermedad que actualmente, pese a estar recuperada, siguen formando parte de mi día a día y que se han arraigado a la persona que soy. ¿Pero realmente el perfeccionismo, el miedo al error, la necesidad de control, la hiperexigencia y el sentimiento de culpa forman parte de quien soy? ¿O simplemente el trastorno hizo que yo fuera así? Porque, si realmente es la segunda opción, tengo la esperanza de que puedo construir una personalidad que me permita equivocarme, una persona que sepa perdonarse por los errores que comete, que pueda trabajar para dejar de castigarse por todo. Quizá soy así porque tuve el TCA como referente en un momento en el que forjaba la persona que iba a ser, pero cambiando de referentes podría cambiar la persona que soy. Echando la enfermedad de mi vida tengo la opción de deshacerme de la personalidad que me ha definido durante tantos años.

Porque al final un TCA te roba la forma de mirarte, te marca la forma en que aprendes a tratarte. Te convierte en alguien que vive constantemente intentando ganarse el permiso para descansar, comer, vivir. Aprendes que tu valor depende del sufrimiento que consigues aguantar, de lo que te callas sin que tu alrededor lo note. Y cuando llevas tanto tiempo viviendo así, terminas pensando que estos mecanismos forman parte de quien eres, no de la enfermedad que has superado. Porque, si ya estoy curada pero sigo siendo así, es porque forma parte de mí, pero quizás el planteamiento correcto sería que la recuperación total llega cuando ser quien eres no duele, no te hace sufrir. Ahora empiezo a entender por qué las recuperaciones son tan largas, de años de duración. Porque, aparte de la parte más aguda de la enfermedad, posteriormente debes remodelar a la persona que has aprendido a ser. Y creo que esto también es una forma preciosa de volver a empezar.

Quizá, con los años, acabe descubriendo que una parte de esa personalidad tan autoexigente nunca desaparecerá del todo y que, en cierto modo, también forma parte de mí. Pero incluso si es así, todavía me queda aprender otra forma de vivirla. Aprender a tratarme con más compasión, a gestionar el dolor sin convertirlo en castigo, a construir una relación conmigo misma que no esté basada en la exigencia constante. Porque al final no siempre podemos escoger de dónde venimos ni todo lo que nos pasa, pero sí que podemos ir decidiendo, poco a poco, cómo queremos cuidarnos a partir de aquí.

Núria Vilademunt