25 julio, 2025

CUANDO LA VOZ VUELVE A SER MÍA

A menudo pienso en cómo era mi vida durante los años que estuve atrapada en manos de la anorexia. Pienso cada vez que me río, que siento cosas nuevas, que quedo con mis amigas para cenar o que me atrevo a hacer algo que siempre había evitado por miedo.

Pero sobre todo pienso en ello cuando tengo que enfrentarme a emociones difíciles o momentos complicados: cuando siento tristeza, ansiedad o estrés. Y lo pienso porque ahora ya no recurro a la comida ni a la imagen corporal para afrontar lo que me ocurre. No aparece la culpa, ni el cálculo obsesivo de lo que comeré después, ni la necesidad de compensarlo.

La parte más transformadora de la lucha contra un TCA es precisamente aprender a descubrirte por dentro, a identificar cómo te sientes y sobre todo trabajar mucho para gestionar todo lo que durante tantos años has estado callando y canalizando dejando de comer. Aprendes a gestionar, por ejemplo, la frustración, la tristeza y el sentimiento de no ser suficiente.

Nunca imaginé que pasarme tanto tiempo en un centro de salud mental alejada de todo y de todo el mundo me dejaría una huella tan profunda, quizás porque es como vivir en otro mundo, en otra realidad, en otra vida. Porque vivir con un monstruo como la anorexia es como coserte la muerte en las entrañas mientras caminas entre los vivos.

Y es que me ha costado mucho identificar con los años que realmente en esa época yo no vivía. Estaba viva, pero no vivía porque ni era yo ni tenía voluntad, puesto que la enfermedad me robó muchas cosas, pero sobre todo me robó la identidad y la capacidad de decidir y actuar por mí misma.

Y luchar contra la anorexia no es sólo cuestión de voluntad. Desde fuera puede parecer que es una decisión, que tú quisiste enfermar, pero no es así.

Luchar no es sólo querer porque te toca revivir y resignificar muchas vivencias que en cierto modo han influido en tu forma de relacionarte con la comida. Tienes que aprender que el problema no es el tamaño de tu tripa o de tus piernas sino un malestar mucho más profundo y prolongado que no has sabido expresar y que te hizo creer que a través de controlar la comida y el cuerpo se pasaría.

Y poco a poco te vas adentrando en un pozo acompañada de un monstruo que va vestido de princesa y no eres consciente de cómo te estás alejando del mundo real a través de las mentiras, la manipulación y el control.

Y esto es lo que me pasó a mí. Dejé de ser yo y todo mi comportamiento era la anorexia actuando por mí y haciéndose más poderosa después de cada mentira. Fue muy difícil que mi entorno entendiera que no era yo quien actuaba así, sino ella. Pero todavía me costó más convencerles, cuando empezaba a salir del trastorno, que volvía a ser yo quien actuaba y no la enfermedad.

Me daba miedo decir que quería ir a dar un paseo, o que me iba a cenar fuera con las amigas o que no me apetecía el postre porque me atormentaba la idea de que pensaran que había tenido una recaída y que volvía a ser el monstruo hablando por mí.

Deshacerme de ese miedo implicaba deshacerme sobre todo y principalmente del miedo a las recaídas. Dentro de mí no cabía la posibilidad de recaer porque siempre pensé que era como un fracaso, una derrota. Pero entonces aprendí que era parte del proceso de recuperación y que no sólo debía recuperarme yo sino también todo mi entorno, que yo tenía que aprender a lidiar con el malestar de una manera sana y ellos aprender a confiar en mí de nuevo.

Y un tiempo después también entendí que en realidad no era de mí de quienes desconfiaban sino de mi versión enferma y totalmente controlada por la anorexia.

Y poco a poco y con un trabajo personal muy duro me fui deshaciendo de todos esos miedos y también del miedo al fracaso, a la frustración e incluso a la vida.

Y logré, por fin, volver a ser yo.

Elisa Gautier