TODO LO QUE EMPIEZA PUEDE TERMINAR
Hoy cojo el mismo tren que cogí hace un año. El mismo destino, el mismo propósito: acudir a unas jornadas de enfermería en Madrid como residente de pediatría, con mis compañeras. Y mientras el tren avanza, no puedo evitar pensar en la distancia inmensa que existe entre la persona que soy hoy y la que lo cogió el año pasado.
Hoy tengo las manos calientes y, aunque agotada por el ritmo frenético de una residente de enfermería, me siento llena de vida. Hace un año seguramente iba con guantes dentro del tren, con un frío interno que me congelaba todo el cuerpo.
Ayer fui de compras porque me apetecía mucho, sin importarme coger un pantalón unas cuantas tallas más grandes. Hace un año tenía que ir porque no quedaba ningún pantalón en el armario que no me cayera, con un pánico increíble de que la talla más pequeña de la tienda no me fuera bien.
Hoy estoy deseando tener tiempo para llegar a hacer un brunch con Alba, Maria y Marta. Hace un año hubiera deseado que el tren fuera en retraso para no llegar a tiempo y tener la excusa perfecta para no comer.
Tantas diferencias que no dejan de recordarme que ha merecido la pena. Que todo el sufrimiento tenía sentido. Que tenían razón cuando decían que habría un día en que se marcharía. Me emociona pensar que fui lo suficientemente fuerte para aguantar hasta hoy, que tuve suficiente esperanza para no rendirme antes de tiempo que creí posible que lo que había empezado hacía tantos años podía llegar a su fin. Nunca habría pensado que llegaría el día en que los kilos que pesaba dejarían de ser una prioridad en mi vida. Que el número de la báscula sería indiferente. Nunca habría imaginado que iba a ser capaz de romper con la rigidez y la perfección que me habían acompañado durante tantos años.
Y ahora, desde una vida sin enfermedad, miras atrás y, pese a sentirte profundamente orgullosa, no lo entiendes. No entiendes cómo pudiste aguantar el infierno de la enfermedad, pero tampoco cómo fuiste capaz de soportar el infierno de la recuperación. Sólo te queda agradecer a todas aquellas cosas –y personas– que te dieron la fuerza necesaria para seguir luchando.
Porque hace seis meses, ya en un punto bastante avanzado de la recuperación, recuerdo decirle a mi psiquiatra que no podía más. Que la recuperación no funcionaría conmigo, que en ese cuerpo nunca sería capaz de ser feliz. Lo que no entendía ese día es que llegaría un momento en que el cuerpo dejaría de estar ligado a la felicidad. Que la idea no era ser feliz en ese cuerpo, sino ser feliz gracias a la vida que ese cuerpo me permitía vivir.
Había dicho muchas veces que había superado al TCA, pero nunca me había encontrado en el punto donde estoy ahora. Sé que todavía queda camino por recorrer, pero siento una calma inmensa al pensar que lo más difícil ya ha pasado. Que ahora toca, por fin, gozar de los privilegios de la lucha. Toca disfrutar de las personas que te acompañaron en los peores momentos, de todos aquellos planes que tuviste que posponer para estar ingresada en un hospital. Toca disfrutar de todas aquellas cosas por las que te castigaste y prohibiste durante una parte tan grande de tu vida. Sentir que tienes ganas de vivir es algo que llevaba mucho sin sentir, ya no te es indiferente la vida. Quieres vivir y sentirlo es realmente increíble.
Núria Vilademunt
