20 octubre, 2025

SENTIRSE UNA CARGA

No sé exactamente qué me llevó a sufrir anorexia nerviosa ni cuándo empezó todo. Tenía que ver con la presión por los estudios, con las inseguridades que me producía que mi cuerpo cambiara con la adolescencia y con la ansiedad que no supe gestionar.

Pero todo esto me convirtió en una persona que utilizaba la comida como refugio, que controlaba todas y cada una de las calorías que ingería porque así sólo pensaba en esto durante las 24 horas del día y todo lo demás se volvía insignificante.

Lo que no sabía es que ese pozo tenía nombre, y que en realidad yo no tenía el control de mi vida, cada vez que me hundía más.

Mi vida entonces se convirtió en una mentira, y mi cabeza utilizaba el miedo para mantenerme en esa mentira. Me hacía inventarme excusas, manipular, enfadarme y castigarme porque era la única forma de conseguir un supuesto cuerpo y una vida ideal que nunca llegaba.

Y fue pasando el tiempo: semanas, meses, años en los que vivía con un piloto automático y todo me pesaba. Pero no era el cuerpo. Lo que me pesaba en serio era la carga invisible, aquella que nadie veía pero que yo arrastraba constantemente: la de sentirme una molestia por los demás.

No es que la gente me lo dijera. No es que me miraran con desprecio. Pero el silencio pesaba. Las preguntas que evitaban por miedo a la respuesta, las miradas de compasión, la tristeza a los ojos de aquellos que me quieren… Todo esto lo notaba. Y entonces pensaba que no sólo estaba rota, sino que, además, rompía todo lo que tocaba y todo lo que tenía a mi alrededor. Me convertí en un problema. En una fuente de angustia. Y esto duele.

No quería ser una carga, pero en realidad la carga la llevaba yo encima desde hacía mucho tiempo.

Porque esta carga no te la ponen los demás, te la pones tú. O mejor dicho, la enfermedad. Tú eres la primera que se castiga por no poder comer como todo el mundo, por necesitar ayuda. Eres tú la que te miras en el espejo y te dices, cada día, que estás fallando. Que no tienes derecho a quejarte. Que eres débil. Que eres una carga.

Y esa voz se queda. Te habla cuando abres la nevera. Cuando estás en la mesa. Cuando tienes que ponerte un pantalón y te bailan en el cuerpo. Te habla cuando te llaman los amigos y no tienes energía para salir. Cuando tus padres te dicen que sufren por ti. Te susurra constantemente que estás destruyendo todo lo que te rodea. Y te lo acabas creyendo.

Pero pasa el tiempo. Y con el tiempo, empieza a ocurrir otra cosa: empiezas a escuchar otra voz. Una voz que te dice que quizás no eres tan pesada como creías. Que quizás no eres un monstruo. Quizás eres una persona que sufre. Y lo suficiente. Una persona que intentó controlar el caos del mundo a través de su cuerpo. Que no quiere hacer daño a nadie, sólo dejar de sentir tanto dolor.

Y así empiezas a deshacerte de esa carga. No pasa de un día para otro. Es un proceso de pequeños momentos. De un día en el que consigues comer un poco más sin sentirte culpable. De una tarde en la que decides hablar con alguien en vez de aislarte. De un instante en el que te miras en el espejo y no sientes odio.

También hay recaídas, claro. Días en que vuelve la voz, la que te dice que no vales nada. Pero ahora tienes herramientas. Tienes nombres que poner a las emociones. Tienes voz. Y, sobre todo, tienes memoria: recuerdas cómo era ese peso, cómo ahogaba. Y ya no quieres volver.

Con los años, la carga no desaparece del todo. Pero deja de ser una condena. Deja de ser una cárcel. Ahora es sólo una sombra, un recuerdo que te hace más fuerte.

Porque si algo he aprendido, después de convivir tantos años con la anorexia, es que la carga no eran unos kilos sino los silencios, los autoengaños, la culpa… Y ahora sé que puedo existir sin pedir perdón. Puedo, simplemente, ser yo.

Elisa Gautier