LA ANOREXIA Y LA BULIMIA COMO «IDIOMAS SECRETOS»
Hay algo que he pensado muchas veces: quizá la anorexia y la bulimia no son solo trastornos alimentarios. Quizá son idiomas.
Idiomas secretos.
Idiomas que una aprende cuando no encuentra palabras para decir lo que le pasa. Cuando “estoy triste” se queda corto. Cuando “me siento sola” no explica el vacío. Cuando “tengo miedo” no abarca el temblor interno constante.
Entonces el cuerpo habla.
Habla en restricción.
Habla en atracón.
Habla en culpa.
Habla en números.
Es un idioma extraño, pero es preciso.
“Hoy no como” puede significar: hoy necesito sentir control.
“Hoy me doy un atracón” puede significar: hoy no puedo sostener lo que siento.
“Hoy me odio” puede significar: hoy no sé cómo quererme.
Desde fuera, todo parece girar en torno a la comida. Desde dentro, casi nunca es sobre la comida.
Es sobre el miedo a no ser suficiente.
Es sobre la necesidad de anestesia.
Es sobre el deseo de desaparecer sin desaparecer del todo.
Es sobre el hambre —pero no solo de comida—. Hambre de seguridad, de validación, de descanso mental.
Lo paradójico es que cuanto más practicas este idioma, más te aísla. Porque nadie más lo entiende. Y cuanto menos te entienden, más recurres a él.
Se convierte en tu forma privada de gestionar el mundo.
El problema no es que este idioma exista. El problema es cuando se vuelve el único que sabes hablar.
La recuperación, entonces, no es solo “volver a comer” o “dejar de vomitar”. Es aprender otro idioma. Uno mucho más incómodo al principio. Un idioma donde tienes que decir:
“Me duele.”
“Tengo miedo.”
“No sé cómo hacer esto.”
“Necesito ayuda.”
Y ese idioma cuesta más que cualquier dieta. Porque no tiene reglas claras. No tiene números. No tiene la falsa sensación de control.
Pero tiene algo que el otro no tiene: posibilidad de conexión.
Quizá la pregunta no es “¿por qué no puedo dejarlo?”.
Quizá la pregunta es: “¿qué estoy intentando decir que aún no sé poner en palabras?”.
A veces, la sanación empieza cuando dejamos de pelear contra el idioma antiguo… y empezamos, muy despacio, a traducirlo.
Núria García
