6 octubre, 2025

HAY LUZ MÁS ALLÁ DEL TCA

Desde muy pequeña tuve muy claro cuál era mi mayor sueño: ser madre. Quizás porque mi infancia estuvo marcada por el maltrato, el abandono y la desconexión emocional, ser madre representaba para mí la oportunidad de dar todo lo que yo no había recibido. Quería crear un hogar seguro, lleno de amor y presencia, aquel que yo había echado tanto de menos.

Pero al mismo tiempo, dentro de mí había una necesidad profunda: quería que mi madre me aceptara y quisiera. Quería que me mirara con orgullo y me reconociera. Y, convencida de que si era «perfecta» lo conseguiría, empecé a construir una vida basada en ese objetivo. La perfección se convirtió en mi brújula, aunque me alejara de mí misma. Y, sin darme cuenta, ese camino me llevó a caer en un trastorno de la conducta alimentaria.

El TCA no comienza con una gran explosión. Entra silenciosamente, disfrazado de control, de voluntad, de promesas de seguridad. Al principio parece tener el poder, pero poco a poco es él quien te controla. Y cuando te das cuenta, ya no eres tú quien decide. Todo gira alrededor de la comida, del cuerpo, de lo que deberías o no deberías hacer.

Y, sobre todo, aparece la soledad. Esa soledad que te hace sentir vacía incluso cuando estás rodeada de personas. Esa voz que te dice que si ella (mamá) no está, entonces no vales lo suficiente. Ese vacío que la enfermedad promete llenar… pero que sólo hace más profundo.

Recuerdo perfectamente el día en que perdí la menstruación. No fue sólo un cambio físico, fue como si mi sueño más profundo —ser madre— se desvaneciese ante mis ojos. ¿Sería posible recuperarla? ¿Qué precio debería pagar? ¿Sería capaz de aceptar mi cuerpo si cambiaba? Las preguntas y los miedos se multiplicaban en mí, y la enfermedad, silenciosa pero poderosa, me ofrecía una falsa sensación de control a cambio de mi vida.

Pero en medio de todo ese ruido interno, había una pequeña luz. Un deseo que seguía vivo, aunque muy pequeño: quería ser madre. Quería vivir. Y ese deseo, que al principio parecía insignificante, se convirtió en mi faro.

Con ayuda, con acompañamiento, con mucha paciencia y amor —y con muchas caídas también— empecé a dar pasos hacia la recuperación. No fue un camino fácil ni corto. Tuve que aprender a escucharme, a perdonarme, a cuidarme y a dejar de obedecer a aquella voz que quería pequeña y rota. Pero cada paso, por pequeño que fuera, me llevaba más cerca de la vida que soñaba.

Y un día, la menstruación regresó. Y con ella devolvió también la esperanza. Mi cuerpo, que tanto había castigado y silenciado, empezaba a confiar en mí de nuevo. Y yo empecé a confiar en él. Y sí, mi sueño se hizo realidad.

Hoy puedo decir que es posible salir de ella. Que por muy oscura que parezca la enfermedad, por mucho que te haga creer que sin ella no puedes vivir, hay luz al otro lado. Hay vida. Hay felicidad. Y hay un futuro que merece mucho más la pena que cualquier promesa que el TCA te haga.

Si estás leyendo estas líneas y crees que el túnel es demasiado largo o demasiado oscuro, quiero que sepas esto: yo también pensé que no saldría nunca. Y aquí estoy. No sólo he sobrevivido, sino que he vuelto a vivir.

Y tú también puedes.

Melodi Agustí

@mel.agusti