CUANDO LO QUE ANTES PARECÍA IMPORTANTE PASA A UN SEGUNDO PLANO…
… Y LO QUE ANTES NI SIQUIERA VEÍAS, AHORA SE CONVIERTE EN UN AUTÉNTICO PRIVILEGIO
Aquí estoy.
Sentada en una cafetería, rodeada de personas tomando el sol, disfrutando de una cerveza… y yo, con mi chai latte fresquito.
Hace unos años, esto habría sido imposible para mí.
Estoy aquí, con los pies apoyados en la silla, escuchando el murmullo de la gente, las conversaciones que se cruzan, el sonido de los coches al pasar… tranquila. Sin prisa.
Esperando a que sean las 15h para ir a una clase de sexto y contar mi historia.
Para recordarles algo que ojalá alguien me hubiera tatuado a mí en el alma a su edad:
que son mucho más que un cuerpo.
Porque yo, con su edad, ya estaba atrapada.
Dentro de ese embudo en el que no sabes hacia dónde ir.
Sintiendo que no era capaz de lograr nada de lo que me proponía.
Creyendo, profundamente, que no llegaría a ser nada.
Me fui perdiendo en la obsesión de gustar, de encajar, de ser suficiente para los demás.
Vivía esperando la validación de quienes me rodeaban.
Una sonrisa. Una aprobación. Una señal que me dijera que lo estaba haciendo bien.
Pero nunca era suficiente.
Nunca para los demás… y mucho menos para mí.
Escuchaba comentarios en los pasillos, susurros a mis espaldas, palabras que dolían…
Y como no sabía quién era, empecé a definirme a través de ellos.
Sin cuestionar. Sin filtrar. Sin herramientas.
Creí todo lo que decían de mí.
Y pensé que, si cambiaba mi cuerpo, todo cambiaría.
Esa era la única salida que veía.
Sin darme cuenta, me fui adentrando cada vez más en ese mundo…
Hasta que dejé de ser yo.
La anorexia se apoderó de mi mente, de mi pensamiento, de mi realidad.
Y vivir dejó de ser vivir.
Porque en ese lugar no había espacio para momentos como este.
Para sentarte en una terraza.
Para sentir sin culpa.
Para existir sin castigarte.
Para no hacer nada… sin que eso signifique fallar.
Hoy, en cambio, estoy aquí.
Y solo puedo decir una cosa:
qué bien sienta VIVIR… en lugar de simplemente SOBREVIVIR.
Melodi Agustí
