4 novembre, 2021

Viaje por mi océano de emociones

Siempre he pensado más en los demás que en mí misma. Desde pequeña anteponía la felicidad de la gente de mi alrededor a la mía. Pensaba que era lo correcto, que estaba bien hacer eso. Que si ellos estaban contentos, yo también lo estaría.

En realidad, lo único que conseguí fue ir llenando de inseguridades, miedos, emociones encadenadas…mi interior, hasta que un día, el vaso que contenía todos estos sentimientos rebosó.

Fue entonces cuando en un intento desesperado de volver a sentir que tenía el control de algo, de intentar controlar todo ese mar de emociones que se estaban desbordando y amenazaban con ahogarme, me agarré a lo primero que encontré a mano: la comida. Encontré en algo tan cotidiano a lo que nunca había prestado atención el salvavidas que me daría la estabilidad y me ayudaría a surfear ese mar interior hasta que se hiciera la calma.

“Iré directamente a la orilla, y cuando llegue, volveré a mi vida de antes” pensaba mientras me ponía como objetivo llegar a X kg. Pero una vez llegado a mi objetivo, decidí quedarme un poco más surfeando. “Yo controlo, puedo salir de este océano cuando quiera.” Y así, poco a poco, me fui alejando de la orilla sin darme cuenta que la corriente me estaba empujando cada vez más adentro y no me dejaría volver atrás tan fácilmente.

Cuando quise darme cuenta, un torbellino de emociones oscuras me había agarrado entre sus brazos y tiraba de mí a las profundidades. Y fue en ese momento cuando abrí los ojos, intenté desesperadamente dar marcha atrás y volver a tierra firme, pero ya era tarde. Hacía tiempo que había perdido el control.

Entonces, se me presentaron dos escenarios posibles. Entregarme a esas oscuras garras que me llevaban a lo más oscuro de mi ser sin oponer resistencia, o nadar contracorriente, luchando con todas mis fuerzas para deshacerme de su abrazo y poder volver a tocar la seguridad de la orilla.

Aunque una parte de mi me decía que no valía la pena, que solo me quedaba la rendición y vivir para siempre en ese oscuro mar de pesadillas, otra parte de mi divisó a lo lejos un faro con luz, una luz cálida que prometía paz y seguridad. Hipnotizada por aquella belleza, decidí luchar e ir a contracorriente sin perder de vista ese punto de luz que, estaba segura, cada vez se haría más grande hasta inundarme entera.

Y así fue. Fue un camino largo, lleno de obstáculos. Los remolinos aparecían cada dos por tres en mi camino intentando llevarme de nuevo al fondo del océano, pero mis ganas de sentir la luz era tal que los fui superando, poco a poco. Cada vez eran menos, y la luz cada vez era más intensa. Hasta que por fín, mi cuerpo dejó atrás la fría agua y se bañó en la calidez que le ofrecía la luz del faro. Era una sensación de felicidad plena.

Subí las escaleras hasta llegar arriba, y desde allí observé ese enorme mar de emociones. Emociones que nunca más dejaría que me engulleran. Nunca dejaría que la luz de mi faro se apagase. Y cuando el mar amenazase con volverse bravo, yo estaría preparada y tendría las herramientas suficientes para hacerle frente.

Ahora, yo tenía el control de mi vida.

 

Leire

@yotambienquisesercomoanaymia