6 gener, 2022

¿Estás convencida?

– ¿Estás convencida de que quieres curarte?

– Sí – sin titubear, sin pestañear, vulnerable, mirando de reojo a mi madre, escondiéndome de la mirada de la psicóloga que me estaba escrudiñando intensamente, supongo que intentando averiguar la sinceridad en ese sí.

– Es un camino muy difícil, vas a tener momentos en que lo quieras dejar.

¿Difícil? Como va a ser difícil si he pedido yo ayuda, repito, yo. No puedo estar más convencida, te equivocas.

– Fueron las palabras que salían de mi boca mientras pensaba eso.

– De verdad. Se necesita mucha fuerza de voluntad – me lo reafirmaba ella.

Ja! ¿Fuerza de voluntad? ¿Cómo crees que he llegado hasta aquí?. Mentiras, mareos, agotamiento, deporte, control… eso es fuerza de voluntad también. ¡Estoy convencida!

Salimos de esa sala. Mi madre gestionaba los papeles, mientras yo miraba alrededor. Veía a la gente que entraba y salía, chicas, niñas, mujeres… diferentes constituciones, solo me fijaba en eso.

Hoy intento regresar a ese momento. Creo que observar a todas esas chicas y mujeres era, una vez más, la enfermedad tapando lo que estaba sintiendo: nervios, miedo, incomodidad… El día anterior le había dicho a mi madre que necesitaba ayuda. La situación se había vuelto insostenible. Ya no podía dormir, la obsesión ocupaba el 100% de mi día. Era incapaz de mantener conversaciones, mi cuerpo no funcionaba como debía desde hacía tiempo. Fui a mi madre, harta ya de mentiras, de vivir encerrada en una cárcel inexistente que dominaba todo en mi vida, sentía que ya no me pertenecía. No podía seguir siendo tan infeliz ni estando tan sola.

Nos fuimos de vuelta a casa, me invadía la vergüenza. ¿Por qué estoy haciendo esto? No estoy tan mal. ¿Estaré exagerando? No me atrevía a mirar a mis padres a los ojos, ojos compasivos, llenos de incomprensión y de culpabilidad.

Empecé al día siguiente. Hacía calor, el sol entraba por la ventana mientras me duchaba. Eran las 07:30 de algún día de principios de agosto. Sentía que había destrozado las vacaciones tan merecidas de mi familia. Tenía que estar sobre las 08:15 en ese “sitio”. Me miraba en el espejo sintiendo que iba a perder el control, que todo iba a cambiar… distorsionando, obviamente, el cuerpo que el espejo devolvía.

Creedme que a pesar de todo esto, sentía cierta emoción, creo que el poder ceder el falso control que creía tener me dejaba relajada. Había dormido más y mejor esa noche que en los últimos 4-5 meses.

Entré por la puerta para el primer desayuno, primeras terapias e interacciones con una enfermedad que, sin saberlo, se había apoderado de quien yo era. Pasaron años, terapias, recaídas, mentiras, más terapia, sinceridad, pérdida de amistades, pérdida de experiencias, nuevas amistades, otras experiencias y mucho, mucho, mucho trabajo.

Mi madre siempre dice a todas las personas que buscan ayuda e intentan entender la enfermedad que tienen que verla como si fueran 2 entes diferentes. Dice que si te fijas en la mirada de la persona, se ve claramente cuando es ella o cuando es la enfermedad tomando el control.

Yo solo sé que no hay camino fácil para la recuperación. Más de una vez le pedía a mi madre cuando sabía que la enfermedad estaba intentando hacerse espacio de nuevo en mí que por favor, por favor, a pesar de todo, quisiera quedarse a mi lado.

Recuperarse requiere querer hacerlo de verdad, perdonarse y ser indulgente con uno mismo de manera continuada. Creer que puedes y luchar de nuevo es la única manera de ir rompiendo las barreras que separan la enfermedad de la recuperación.

Es creer, es mucho trabajo y es mucho apoyo.

Maria